*** La Plaza Mayor pasaría a ser nombrada de la Constitución y de Armas, y ser bautizada colectivamente como el Zócalo

 

 *** Al participar en un ciclo de conferencias, Carlos Aguirre, investigador del INAH, fue trazando la ruta de los cambios que tuvo este espacio durante esa centuria
 

En el transcurso del siglo XIX, la Plaza Mayor pasaría a ser nombrada de la Constitución y de Armas, y ser bautizada colectivamente como el Zócalo. De manera paulatina y sutil, diversas transformaciones la convirtieron en un espacio más laico y relajado, gestos que permanecen en su rostro actual, señaló el historiador Carlos Aguirre, durante su charla dentro del ciclo La Plaza Principal, su entorno y su historia.
 
Durante esa centuria —dijo—, la plaza afirmó su capacidad de convocatoria y hacia el final de la misma renovó uno de sus rasgos definitivos: “la reproducción consistente del cruce entre una permanente cercanía espacial con la existencia de una consolidada distancia social”; dando lugar a un uso más generalizado por parte de la población, contraponiéndose a los usos y legados que distinguían a otros lugares fuera del corazón de la ciudad.
 
“La plaza aparece como un recurso social que la población acaba dándose para resolver la cotidiana sobrevivencia: intensa, abigarrada, multifacética, multicolor e interclasista. Lo mismo divierte que exhibe, que ofrece pausas en medio del trajín diario, que emplea tratos y lazos terrenales para el entendimiento y la armonía colectiva”, expresó el investigador del Instituto Nacional de Antropología e Historia (INAH).
 
Al participar en esta actividad académica organizada por la Dirección de Estudios Históricos (DEH) del INAH y que tiene lugar en el Museo del Templo Mayor, Carlos Aguirre fue trazando la ruta de los cambios que la Plaza Principal tuvo en el siglo XIX, ligando su argumentación con pinturas virreinales, litografías de Casimiro Castro o los relatos de Antonio García Cubas y el viajero Emile Chabrand.
 
La primera metamorfosis hacia la plaza principal decimonónica fue el derrumbe de los tradicionales mercados El Parián, el de alimentos y del Baratillo, que se ubicaban a un costado de Catedral. Acusados de afear la imagen citadina y de sucios, éstos comenzaron a ser desplazados por los lujosos comercios de las calles de Plateros, la Monterilla y Flamencos, hoy Madero, 5 de Febrero y Pino Suárez.
 
De acuerdo con el historiador, “si bien la gran explanada quedó desairada, pues sabemos que el monumento planeado para levantarse en ella no pasó del zócalo (parte inferior de un pedestal), la plaza en su conjunto no mermó ni su calidad ni su importancia. Lejos de ello, las circunstancias locales y nacionales la reafirmaron como centro neurálgico de la ciudad”.
 
A mediados del siglo XIX, se afirmaba como el núcleo más importante de la administración pública del país y reforzaba su condición de sede del poder nacional.
 
Así, el antiguo Palacio Virreinal (Palacio Nacional) albergaría a las instituciones emanadas de la República, desde las habitaciones del presidente y los ministerios, el Senado y la Cámara de Diputados, a la Suprema Corte de Justicia, la tesorería, la Casa de Moneda y la plana mayor del Ejército, entre otros. 
 
La Catedral y el Portal de Mercaderes continuaron sus actividades con más o menos el mismo ahínco; sin embargo, sus banquetas se llenaron de una algarabía particular. Como una innovación, frente a Catedral se organizaron recorridos nocturnos. El llamado Paseo de las Cadenas, cobijado por frondosos fresnos, se convirtió a la postre en un “ejercicio de exhibición colectiva”.
 
Otro evento conocido como la “retreta” diversificaba la amenidad de los habitantes. Consistía en una audición musical realizada por la banda militar. Tanto el Paseo de las Cadenas como la “retreta” representaron un sutil camino hacia la laicización de la sociedad capitalina. 
 
En palabras de Carlos Aguirre, su población, “a la vez que utiliza un espacio tradicional como es la Catedral (en el caso del paseo nocturno), lo renueva bajo pautas que no se encuentran sujetas directamente a motivos religiosos, sino que ahora se realizan por razones que apuntan más al libre albedrío para seleccionar los momentos de esparcimiento y distracción, fundados en el gusto y la motivación individual”.
 
Asimismo, “el espacio vacante fue sustituido paulatinamente por un espacio ajardinado que dio oportunidad al ocio y el descanso. Estas mutaciones parecerían poco relevantes; sin embargo, influyeron profundamente en la vida de la población, pues al mismo tiempo que eran parte sustancial del cambio, propiciaron fórmulas que fundamentaron relaciones indispensables para la convivencia”.
 
El arbolado jardín, que durante más de un siglo (hasta mediados del siglo XX) ocuparía la plaza, fue el hogar pasajero de una población desocupada: ancianos jubilados, enfermos convalecientes, obreras sin trabajo…; de modo que “sectores antes excluidos de disfrutar de prácticas de ocio, ahora la podían ejercer en el lugar más importante de la ciudad”.
 
El investigador del INAH concluyó que “por más que la ciudad y su plaza ha cambiado, desde entonces a la fecha, y sus procesos de ritualización no han cesado, parte de nuestra experiencia urbana se sigue cifrando en ella y su profundo y complejo significado. De tal manera que, si tenemos la oportunidad de viajar a otras urbes, seguiremos inventando centros donde no los hay”.

 

Atención a medios de comunicación

 

  Arturo Méndez

 

Suli Kairos Huerta Figueroa
Directora de Medios de Comunicación

Foto del día

Museo de Guadalupe, Zacatecas